La “gran” mujer detrás del gran hombre.

Por Carlos Morán.

Dicen los entendidos en las costumbres de este mundo, que los refranes o dichos populares se han ido formando con el tiempo, basados en una verdad que se va probando y probando hasta que resulta indiscutible. Es decir, son el reflejo de una realidad. Por lo tanto tenemos aquello de que “en casa de herrero cuchillito de palo”, “en bocas cerradas no entran moscas”, “gallina que come huevo, aunque le quemen el pico” y miles más. Reconozco  que cada refrán es válido y lo será mientras existan herreros, moscas y gallinas, así como hombres y mujeres.
Sin embargo hay otros dichos  que, sí uno los piensa mejor, dejan de tener significado real, aunque se sigan usando en el lenguaje popular. Así que cada vez que escucho ese dicho que reza “detrás de todo gran hombre existe una gran mujer”, éste me invita a reflexionar sí es verdad o no.
No es difícil adivinar de donde viene la idea; simplemente alguien en algún momento se acordó  de que éste o aquel personaje famoso tenía –como tienen casi todos los hombres- una pareja o mujer en alguna parte (no se especifica sí es amante, esposa, concubina o dama contratada). Una mujer que por cierto de famosa no tenía nada, que probablemente se dedicaba por entero  a que el famoso pudiera seguir siendo famoso  y no tuviera que preocuparse de ningún detalle  de esos que hacen la vida complicada como tener la ropa limpia y planchada, comida a tiempo y bien cocinada, calor de hogar y por supuesto, descendencia legítima (lo que quiere decir que debe ser una esposa honrada y casada por todas las leyes con el “gran hombre). Fue entonces que alguien con buena memoria se acordó y para premiar el esfuerzo de esta mujer servidora, abnegada y sumisa, quien no iba a poner obstáculos en el camino del famoso que le otorgó el calificativo  de “la gran mujer” que está detrás del gran hombre…
Imagino que es como la esposa de ese gran político  que ha vivido en campañas, presiones, giras, agendas apretadas y cansancios y, cuyo premio por la victoria es cortar cintas en las inauguraciones y ser invitada a grandes eventos en donde funge ser la célebre o “gran” esposa del diputado, del alcalde o del secretario. Un premio que lejos de dignificarla la hunde como ser humano, porque tiene que aceptar un papel secundario en donde es ovacionada, querida, procurada y halagada, por el servicio de “dama” que la convierte en “gran” mujer, claro,  mientras el esposo no la cambie por un modelo más reciente o mejor.
 De ahí que muchos hombres que pretenden ingresar a la catafixia política o afiliarse a un puesto de elección popular, minutos antes e incluso meses previos a la campaña, buscan o  contratan a una dama a su altura o gusto  para que funja como compañera o esposa digna (aquí se sugiere que si tiene una esposa o amante fea que no esté a su altura, la cambie para evitar desfiguros o vergüenzas posteriores). Se supone que  en este sitio (el de Primera dama)  no existe lugar para concubina o amasia en turno porque el gobernante o político de grandiosa envergadura deberá contar con una dama que cuide y le honre tanto el apellido como el cargo en todos los sentidos, porque como figura pública deberá apegarse a las reglas más estrictas de una sociedad moralista.
Es cierto, todo hombre aspira a la perfección,  a la trascendencia, lo cual a muchos nos parece demasiado pretencioso. Pero cuando un individuo aterriza sus sueños e ilusiones en parámetros, digamos, pertenecientes al  rango de lo exitoso, estos logros por lo regular son el resultado, la inspiración, impulso y apoyo que éste obtuvo de su esposa, su musa. De ahí la frase “detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer”.
No todas, pero muchas mujeres inteligentes que están fuera de los reflectores o que llevan una vida común, en donde el esposo puede ser el hombre más importante de la empresa, el triunfador y exitoso mecánico de autos que gana lo que quiere o el dueño de una constructora, no sueña nunca con ser la esposa de un mandatario: teme estar en el ojo del huracán, sufre por que se le sumen “AMIGAS”  de a montón para incluso sugerirle diseños para eventos públicos y los clásicos peinaditos modernos que explotan los peluqueros: Estas damas inteligentes  le huyen a  no poder vivir tranquilas y estar con la constante incertidumbre que a mitad del mandato o reinado se convierta en el hazme reír porque será otra la que verdaderamente sea la primera y ella solo la dama que finge, porque en la vida principesca,  ya no es la esposa, tampoco la gran mujer que acompañó al candidato y mucho menos la honorable, sino la pieza de ajedrez que perderá todo porque en ese juego, la suerte de la consorte está más que devaluada.
A pesar de ello, todavía existen hombres que buscan en la mujer no solo a una compañera con quien transitar en un camino difícil como es la convivencia, sino la pieza clave que esté detrás de él convirtiéndolo en un hombre de éxito, claro que me refiero a hombres auténticos. Esa frase que distinguió a la mujer hoy también está a punto del exterminio  “detrás de un gran hombre, está una gran mujer”. Y es que cotidianamente vemos que ambos se equivocan: la mujer cree casarse enamorada y después descubre que no era amor, sino comodidad lo que encontró al lado del caballero quien, atrapado en el hogar con cuatro críos que corren por la casa y que se le han aferrado al corazón, lo obligan a continuar con el modelo decepcionante y seguir esa farsa cotidiana que hoy llaman matrimonio.
Espero no se ofenda, no es nada personal, al menos que después de leer lo de hoy, comprenda que ha sido descubierta y que tiene esa “virtud”, no por espíritu de servicio, sino para esconder sus penas; la desgracia de vivir una vida que se impuso porque nunca se atrevió, y porque no decirlo, porque su conducta no es propia, sino heredada de una tradición y sofocada por una regla o nivel social, sí es el caso, lo que la convierte no en sumisa, sino en indigna.
Sí este es su caso, es porque usted llegó a un mundo en plena revolución.  Usted arrastra los coletazos de las malas mañas en la absurda forma con la que criaban a unas “criaturas débiles” abnegadas y sumisas al servicio del hombre, para ser “la gran mujer detrás de cada gran hombre”, para ser “la reina en público que sirve de sostén para la vanidad del macho pero que en la intimidad esa corona se convierte en grueso grillete de  esclavitud”, pero que en una misma generación y sin ponerle anestesia ha tenido que reivindicar de manera muy justa y necesaria sus derechos, su igualdad.
Solo puedo decir que en el discurso político, hoy en día se naufraga de manera confusa  en el terreno de nadie.  No se sabe si se le fue la mano, no se sabe dónde está el término medio, solo queda la satisfacción de saber que a pasos lentos pero seguros, solo que en el escritorio,  se están consiguiendo muchas cosas, pero que esas cosas las están alejando cada día más y probablemente los que disfruten de su esfuerzo, sean otras generaciones de futuras mujeres menos condicionadas para sufrir, y más para vivir con independencia y disfrutar de la vida libertinamente, porque en eso finaliza a pasos agigantados lo que evidentemente se expone.
Algunas mujeres se extraviaron y creyeron que la “igualdad” era aprender y reproducir los peores vicios, infamias y repugnantes conductas  que siempre se les ha criticado a los machos. Sí, usted, amiga lectora, tal vez en las noches, en soledad siente vergüenza por la poca coherencia que hay entre ese espíritu fuerte y ahogado que reclama ante el público,  un lugar que en verdad merece la niña frágil, insegura  y asustadiza que se desnuda en el desierto de su habitación pero que está conforme de seguir siendo la pieza de juego que se mueve al antojo del macho que la convierte públicamente en “la gran mujer, que está detrás de un gran hombre”.
Usted se queja  y pone en su sitio con mucho coraje y de manera pública a los estúpidos hombres machistas, a sus viles privilegios patriarcales etc.  Y cuando en la intimidad ve cómo se doblega y se comporta con el suyo “con su hombre” de manera sumisa y vergonzosa, las concesiones que hace, las humillaciones que soporta por mantenerlo contento, la infinita paciencia que le tiene ante sus reacciones injustas y carácter acomodaticio y recostado donde usted lleva el peso del hogar, los hijos y soporta sus continuas deslealtades en la relación en donde tiene que tragarse su llanto, tiene que aceptar que algo no encaja, es entonces cuando se pierde aquella mujer que a la luz pública lucha por derechos que en la cama pierde.
No hay otro camino más que volver a ser la misma mujer  como las otras y buscar un escape, asociarse, reunirse y entregarse de pechito a un grupo en donde en vez de llorar, fingirá que prefiere reunirse con otras del mismo dolor para disimular que es infeliz y que ante tanta felicidad falsa y el temor de ahogarse de desdicha, prefiere sumarse a un grupo  similar para luchar por los niños pobres, las mujeres en estado vulnerable, aparentar que ayuda a otras que tal vez carecen de lo que usted posee sobre el cuerpo,  pero que sino son felices, al menos son libres porque no tienen que cargar con el peso de llevar el apellido de un hombre que no solo le es infiel, sino que la desprecia y la relega del puesto “honorable” que cree poseer o que presume en las páginas de sociales y revistas.
Es así como muchas aprenden el tradicional y típico estilo de vida que, sin conciencia lo van traspasando a futuras generaciones en un degenere en donde existe aparentemente la igualdad: mujeres que son libres para copular, fumar, beber y estudiar pero que en la vida cotidiana, buscan casarse con un buen partido, sin importar que ese partido las doblegue, margine y las convierta en lo que públicamente son, mujeres que se espantan por “otras”, cuando el infierno propio  es peor; son mujeres réplicas  de telenovelas mexicanas que vemos en los círculos sociales de mayor altura, porque las cenicientas de barrio, esas,  merecen un aplauso. Sí,  esas cenicientas que se convierten en princesas, no importa el maltrato sino simplemente el triunfo de escalar, subir un peldaño o poseer quien las provea de todo, es memorable en comparación con aquellas que presumen de haber nacido en buena cuna o poseer estudios…
Para las jovencitas de alto perraje o pedigree social, adoptar un estilo común en vez de revelarse, sería lo más simple, no por falta de valor, sino porque la sumisión y la abnegación se ha seguido teniendo como una virtud femenina, y quien posea esto, tiene un extraordinario pase de abordar que le dará derecho a un lugar en la sociedad: Hacer lo contrario, implicaría la crítica y el desprecio por parte de las “otras” que ya están acostumbradas o que han aprendido un patrón en donde no se debe exigir, porque fueron educadas por madres modelos para estar sometidas y vivir bajo la sombra de un apellido masculino que las vuelve fuertes en su hábitat popular.
Quien se atreva a despertar de esta vergonzosa vida,  coloca siempre en la balanza la casa, la ropa, los lujos, la comida, el apellido, “el qué dirán”, el título de “gran mujer”  y cuando sigue sumando descubre qué es lo que se merece y qué tiene de más, así que lo más sencillo para aplacar sus angustias es buscar una válvula de escape, enfocar su dolor y convertirlo en penitencia que se vuelve en “servir” a quienes menos tienen, a los huerfanitos, a las instituciones de beneficencia,  a los niños de la calle, a las mujeres que son “pobres” y no como ella (o usted) que aparentemente “tiene todo”.
Este puede ser el triste perfil de una consorte, de una dama que expone no solo su cuerpo al escarnio mediático, sino que además, mastica el trago amargo de ser “La mujer que está detrás de un gran hombre”., un gran hombre que al verse en el espejo, se deja engañar, se seduce, no se mira atrapado en las mentiras de las mieles del poder que son perecederas, porque en breve, así como el reloj de la cenicienta la convierte a ésta en lo que era, él volverá a ser.
Al rosario podemos irle sumando más cuentas incluso de quienes se atreven a tomar un micrófono y regalar “consejos”, recomendaciones que siempre, invariablemente,  siembra la duda en muchos porque cuando alguien se atreve a dar consejos como si fuese  el ejemplo propio, debería ser el mejor estandarte, porque si no es así, descubrimos que disimular, maquillar y tolerar, son las verdaderas virtudes que se siguen cultivando en un mundo en donde la mujer actual lucha por un espacio propio y libre, pero que además, son temas gubernamentales que aterrizan mucho dinero pero que solo sirven para enriquecer  a  unos cuantos, porque el tema central, el  caso de la esposa indigna, maltratada, la marginada de sus funciones honorificas,  de gran mujer o simplemente de mujer, seguirán mientras ella, o usted, continúe bajando, en vez de subir,  de precio.
Para comentarios escríbeme a morancarlos.escobar1958@gmail.com

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